lunes, 2 de noviembre de 2009

El síndrome de Piotr

A veces, como ésta, una historia se presenta bonita cuando te la imaginas pero a la hora de traducirla a palabras, no sólo cuesta escribirla, sino que no convence ni al autor, en este caso, lógicamente, yo. El final tampoco ha resultado como en un principio tenía planeado, pero creo así está mejor.

Ni Dios, ni Estado, ni iglesia, ni alcalde tenían los abuelos de Piotr antes de que el primer tren cruzara sus campos.

Un apeadero próximo y la hambruna fueron las razones para huir; el destierro, la consecuencia; y el destino, una ciudad dispuesta a engullir personas y a hacinar sueños en barrios de tristes combinaciones alfanuméricas por nombre.

La ciudad, salvación para unos, miseria para otros, resumía en una fotografía los ánimos de un país que enloquecía segundo a segundo al ritmo de las máquinas. Risas y chistes, caras largas al frío, canciones y lágrimas, vida y muerte.

Piotr nació cuando, asentada la familia, las cosas iban mejor. Tiempos en los que el girar caprichoso de la moneda y su cara o cruz importaban más que el girar del planeta, en los que un “sí, señor” valía más que un buen argumento en contra.

El camino de hierro seguía en su sitio, Piotr, lo sabía, y, aunque huir y desandar el camino hecho por sus abuelos no era una opción en su encorbatada vida, no dejaba de mirar las vías sin parar de pensar qué lugares se esconderían allende la vieja aldea familiar.

A los pies de la casa de Piotr, un poco cuidado parque cercado amparaba los bloques de viviendas del tráfico de las vías. No había que detenerse mucho para captar la frecuencia de los tráficos siempre puntuales y siempre igual de molestos para todos los que vivían en los alrededores. Sólo faltaban unos minutos para las ocho de la tarde, la hora en la que el tren del carbón hacía su llegada. Piotr, podía ver ya la columna del humo cada vez más cercana. Apuró el paso, cruzó el parque y saltó el cercado.

Sobre la vía, un hombre tumbado miraba la máquina que se aproximaba.

-¿Te importa si me tumbo yo también?

El hombre se incorporó levemente, pálido, sus ojos puestos en los de Piotr.

-Prefiero estar solo. Quiero que sea algo íntimo.

-Íntimo va a ser. No te voy a dar la mano, sólo me voy a echar aquí, ¿ves? Sin hacer ruido.

El tren rompía el silencio cada vez con más fuerza, a cada vez menos metros.

-¿Estás loco? ¡Levántate, levántate! ¡Lo estás estropeando!

Y agarrando al tumbado y protestón Piotr por los hombros, lo apartó de las vías a tiempo de salvarlo y desaparecer él, convertido en un manchurrón rojo en la máquina del tren.


1 comentario:

Carlos dijo...

Y vio en que quedó convertido aquel egoista que no quería compartir la vía con él.
Piotr seguirá buscando su camino, si es que el mundo le deja hacerlo :)

Me enganchan las andanzas de Piotr!

Un abrazo quillo