lunes, 17 de enero de 2011

Set the dial

Primero probó con una cuerda y dos envases vacíos de yogur, uno colgando tranquilo en su cuarto y el otro bailando alegre en la ventana. Sin resultado. Retiró, después, el yoguricular exterior y conservó el interior. Y esperó.

La pequeña Prímula Habana pasaba horas frente al yogur convencida de que más temprano que tarde cazaría una de esas llamadas que van a dar al limbo de las llamadas cortadas, convencida de que la suya era la mejor forma de escuchar al mundo.

Una de las mañanas en las que, con la ventana abierta y la guía telefónica sobre las rodillas, escrutaba el horizonte un avión de papel entró volando en su habitación. Lo observó curiosa, se asomó al alfeizar, miró hacia arriba, miró hacia abajo y se centró de nuevo en el avioncito: en una de las alas, un matasellos del país de los biosbardos, en la otra, una invitación “sube”.

Se acercó a la ventana con el avión en la mano, le susurró “voy” al yogur, y voló rumbo a la fantasía.



2 comentarios:

Carlos dijo...

¡Fascinante!
No veo a estas horas ni el teclado quillo, pero a medida que ibalo leyendo no es que me despertase sino que cruzaba de este mundo a otro sin estar dormido.
Te escribo sí mediante un pc y todo lo que la tecnología, telefonía, etc conlleva, pero todo ello humilla rodilla en tierra ante ese avión de papel, que aun hoy en día sigue sin poder ser derribado.

Y hay yogures que no caducan nunca! :)

Bellísimo micro, enhorabuena!

Metalsaurio dijo...

Me parece que exageras un poco, pero gracias :)