viernes, 29 de junio de 2012

Explorando horizontes (1 de 3)


Llegó a Montmartre a principios del XIX, cuando la bohemia del barrio francés emitía sus primeros balbuceos, y el opio, aunque de tapadillo, era fácil de conseguir. Cada noche, fumaba, bebía y se bañaba desnudo en el Sena. Al borde del colapso, Pierre volvía a su pequeño estudio y en cama, mojado, soñaba que, como el Adán de la Capilla Sixtina, tocaba con sus dedos los dedos de Dios.

Pierre, que sólo una vez, y de pasada, había visto La Creación de Adán, la pintaba y la vendía todas las mañanas -más mística pero más real a cada amanecer – y con los pocos francos que conseguía y con los que, desde el pueblo, le enviaba su familia, malcomía y maldormía en la colina bohemia. Cuando tenía ocasión, se paraba a hablar con los artistas vecinos –con Arlette, la misteriosa poetisa de Nantes; con Baptiste, el bigotudo pintor de Calais; con Carolanne, la alegre cantante de Reims, etc. - …y aunque con sus obras todos daban vida a sus sueños, ninguno de ellos soñaba lo que él.

-He buscado también en Notre-Dame. Tanto afuera como dentro, todo allí parece hablar de Él, pero por más que lo busco, no lo encuentro.

-¿Te refieres a Dios? –Recostada en la hierba de un parque, Arlette conversaba distraída, observando en el aire cosas que sólo ella veía- Es escurridizo. –Se quedó callada, miró a Pierre- ¿Has oído hablar del Qomolangma Feng? Es una montaña. Dicen que está en Oriente, más allá de Jerusalén y de Persia. Pues bien, en esa montaña hay multitud de templos…en uno de ellos, rodeado de monjes silenciosos, vive Él.


1 comentario:

Carlos dijo...

Volviendo de no sé donde me quedé un día detenido.

Pero espero ponerme al día en adelante que tengo mucha calidade que leer! :)